EL ARTE DE ESCRIBIR

de Leandro Martín Drudi

Cuando me decidí a escribir, creí que era solamente poner palabras en un papel. ¡Nada más alejado de la realidad! Escribir es el arte de la minuciosidad en donde cada palabra que se coloca debe tener un fundamento y un significado en un contexto de armonía y verosimilitud, aunque la verdad expuesta sea la más burda fantasía. La obra final no se parece en mucho a la primera y es que tiene correcciones y detalles pulidos, en algunos casos hasta la idea expresada es diferente a la que fue en origen.
Stephen King dice:

“Hay una jaula de un metro de profundidad, sesenta centímetros de ancho y treinta y cinco de alto”. Más que una prosa parece un manual de instrucciones […] Tampoco se especifica el material […] ¿Importa? Todos sabemos que una jaula es un objeto que permite ver lo que hay dentro. Lo demás es indiferente.» «On writing» (Mientras escribo) de Stephen King. Plaza & Janés España 2001.

Al escribir hay que pensar desde el punto de vista del lector: ¿me atrapa, es algo con lo que me siento identificado, me interesa lo suficiente como para seguir hasta el final? Y he aquí otro punto clave: despistar al máximo a lo largo de la trama sobre el objetivo final de la obra, esto sin llegar a poner al lector en un terreno de arenas movedizas que lo lleve a abandonar su lectura por la sensación de asfixia; dar el vuelco menos esperado o inédito es sin duda lo que uno busca al redactar.
Otro tema importante es cuando se crea un personaje y se le da una existencia; hay que dejar que haga su vida, porque si ponemos a un personaje típico, con una vida típica y un carácter conocido, la gente va a identificar y hasta adelantarse a los acontecimientos narrados.
Lo explica mejor King:

Gano si puedo enseñar a una mujer callada y con el pelo sucio, devoradora compulsiva de galletas y caramelos, y lograr que el lector deduzca que Annie se halla en la fase de depresión de un ciclo maníaco-depresivo. Por otro lado, si la convierto en una arpía siniestra, solo será otra bruja de cartón.» «On writing» (Mientras escribo) de Stephen King. Plaza & Janés España 2001.

Respecto del escritor, algunos opinan que no cualquiera puede escribir, pero se muestran capacidades sorprendentes en todas las personas debido a que el ingenio es inacabable. Escribir es un arte fino y maravilloso, capaz de crear un mundo completo desde la primera letra. Para ello se utilizan herramientas que son, en algunos casos, el don que uno tiene en forma innata, o que ha ido adquiriendo con la necesidad de expresar todo lo que ha guardado dentro, conjuntamente con otras que ya son propias del arte de narrar. Una de ellas es el diálogo: la capacidad de redactar una conversación entre las personas, herramienta que conforma el material escrito quizá más sorprendente y hermoso.

Si hablamos de géneros tenemos infinidad de acuerdo al tipo de contenido que tiene aunque no nos limitamos a ellos tampoco. Muchas obras que existen en el mundo tienen una mezcla de géneros y subgéneros que las convierten en joyas de la literatura. Algunos escritores de renombre logran fusionar en un cuento terror, drama, romanticismo y hasta el más completo de los materiales policiales. Increíblemente, hay otros que han inventado formas de narrativa llevando los géneros más comunes a algo novedoso.

Hoy en día existen otras herramientas que han modernizado el arte de escribir. Ahora no hablamos de géneros, ni de técnicas para redactar, sino de instrumentos que al momento de escribir nos dan la posibilidad de flexibilizar la redacción al nivel de corregir el texto hasta el hartazgo e imprimir el definitivo. Pasando por el papel y la pluma, la máquina de escribir, hasta llegar a la computadora, siempre nos valemos de algo donde plasmar todo lo que queremos compartir con nuestros lectores.

Si bien fueron desarrollándose mejoras y perfeccionamientos en las técnicas, en la actualidad el auge de la computadora y con ella los procesadores de texto, han dotado a los escritores con un elemento importante para desarrollar sus textos. Asimismo, aún no desbanca a los antiguos y originales como un buen trozo de papel y un lápiz bien afilado.

Muchos de los que escribimos nos aventuramos a hacerlo siempre con una novela, siendo que es mejor con un cuento ―al menos para mí ―. La novela es compleja, extensa, con muchas idas y venidas en la historia y debe, como dije al principio, mantener al lector atrapado lo suficiente como para llegar a querer saber cómo termina. Y esto no es fácil. Para nada fácil. Pero es maravilloso el desafío que nos acarrea esta labor.

Por otro lado, el cuento es algo que puede narrarse en unas pocas líneas, para una lectura impactante donde apenas entremos en la historia ya lo sepamos todo. Igualmente podemos hacer un cuento con más desarrollo en donde otorgue un poco más de entretenimiento al lector. De cualquier forma, la longitud y complejidad nunca será la de una novela. Pero algunos lectores disfrutan mucho más de algo que les permita distraerse un momento de sus obligaciones sin tener que abandonar la historia a la mitad para continuar con sus rutinas.

Normalmente, cuando se narra en una novela, se escribe de tal manera que cada capítulo, en forma salteada, contiene partes diferentes de una misma historia. Por ello debemos esperar al tercer capítulo para saber cómo continúa el primero. Es una estructura interesante porque darle al lector toda la información de una sola vez realmente no le haría llegar al final de la novela y el trabajo habría sido en vano.

El título, para muchos un dilema, debe llamar la atención. Para mí, puntualmente, siempre fue un inconveniente encontrar una historia para un título interesante. Las técnicas de escritura en general dicen que se narra primero, luego se corrige, luego se revisa y finalmente se le da el título. Pero como yo siempre nadé contra la corriente, primero elijo el título ―casi siempre el título me dará la historia ―, luego escribo un texto (este prólogo por ejemplo) y finalmente escribo la historia en sí, a la que tengo medianamente armada. Casi todo lo que he escrito (más todo que casi) lo he realizado de esa forma. La historia ya la conozco, lo que me permite narrar sobre la base de un hilo que me mantiene siempre en el camino.

Así pues, esta obra presenta varios desafíos para mí: escribir algo que llene ese vacío que me dejan las novelas incompletas que tengo y cuya estela de inacabadas quiero romper. Hacer una mezcla de historias hilarantes, románticas, dramáticas, policiales, de aventuras todo dentro de una misma narración. Y lo que más me interesa: poder ver mi propio libro a la venta en algunas librerías. El arte es infinito: sinfonías de colores, de sonidos, de palabras, de imágenes, de movimientos… Está dotado de una magia especial que inunda los sentidos en todo su esplendor.

La magia que se encuentra encerrada dentro de un libro no tiene comparación con lo que al leerlo podemos hacer: viajar en el tiempo y el espacio, conocer e interactuar con gente que probablemente nunca existió, enfrentarnos a aventuras y pasar por los mayores peligros sin siquiera movernos de lugar. El sueño de muchos, el privilegio de tantos y el orgullo de pocos. Poder vivir del arte es un sueño, pero amando lo que uno hace trae consigo muchas cosas buenas y eso es indiscutible. No debemos dejar que la adversidad se apropie de nuestros sueños; es una lucha diaria contra nuestro peor enemigo: el aburrimiento.

 
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Última actualización: 09/07/2019

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